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Costumbres

Rituales de iniciación I

Muchachos con sus capas de piel de guanacoCada etapa en la vida de los Aonikenk, se iniciaba con un ceremonial específico.

Durante la gestación, la embarazada era separada de su pareja para evitar el contacto sexual, ya que se creía que el semen agrandaba el feto y dificultaba el parto. Debía comer carnes secas y evitar los alimentos líquidos. Su madre o su abuela la asistían en el nacimiento del hijo.

El recién nacido era pintado de color blanco y se le asignaba el nombre que, habitualmente, representaba características físicas, lugares de alumbramiento o el nombre de un familiar muerto.

A los cuatro años de edad, asistían a la Ceremonia de los Aros: a las niñas se les perforaban ambos lóbulos de las orejas y a los niños, sólo uno. Una aguja y crines de caballo eran los instrumentos con que se hacían los orificios, que más tarde ocuparían los aros.

Al final del ritual se sacrificaba una yegua, momento en que los hombres ejecutaban el Baile de las Avestruces.

Rituales de iniciación I

Guanaco y cria. Pintura Rupestre AonikenkLa virginidad era muy valorada, razón por la que se le enseñaba a los jóvenes a no tener relaciones sexuales antes del matrimonio.

El matrimonio se festejaba con sacrificio de equinos y con bailes, al igual que las otras ceremonias, ocasión en que no se daba carne a los perros, ya que se consideraba un mal augurio.

Antes de iniciar la vida en pareja a la novia se la iniciaba en la ceremonia de La Casa Bonita.

La extracción de la sangre, el saludar a los espíritus, encarnados en determinadas formas de la naturaleza o el murmurar de deseos, al aparecer la luna nueva y la creciente, eran otras prácticas rituales cotidianas.

La Casa Bonita

Toldo Aonikek Grupo Aonikenk junto a su viviendaLa Casa Bonita era similar a la vivienda habitual, pero, en lugar de estar recubierta con piel de guanaco, era engalanada con ponchos nuevos, cojines, plumas de avestruz, cascabeles y campanillas con cuentas azules, rojas y amarillas.

Dentro de ella, el alimento de la novia se reducía, evitando el consumo de grasas.

Por lo general, la abuela o el abuelo materno la acompañaban, asumiendo así el papel de educadores y consejeros de la joven en su nueva vida como adulta.

La joven aprendía así las normas morales de la comunidad y las actividades cotidianas como lavar, cocinar, elaborar tejidos, además de asumir la crianza de los hijos.

El Baile de las Avestruces

Tras el sonido rítmico de tambores, flautas, arcos musicales y cantos se iniciaba esta danza ritual.

Los hombres destinados a participar en la ceremonia, aparecían en fila desde un toldo. Con el cuerpo cubierto de pieles y la cabeza coronada por plumas de avestruz, se desplazaban en torno al fuego acercándose hasta tocarse y retrocediendo luego, con movimientos que imitaban el andar de avestruces y guanacos.

A medida que se posesionaban del aspecto y atributos de sus animales de caza, el ritmo de la danza iba en aumento hasta que despojándose los danzantes de sus calurosas capas de pieles mostraban la pintura que con variados colores cubrian sus fornidos cuerpos. Luego seguían danzando cubiertos solamente con un cinturón hecho de plumas de avestruz, conchas, campanilas y picos de aves.

El baile continuaba hasta altas horas de la helada noche patagónica, mientras se unían a sus fuerzas espirituales. Cantos colectivos y gritos, conjuraban el poder de las fuerzas del mal.

Rituales funerarios

Abuela centenaria AonikenkLos Aonikenk creían que los ancianos muertos se reencarnaban en los niños, pero si un joven fallecía su alma vagaba sin destino, quedando prisionera de la tierra hasta cumplir el tiempo necesario para hacerse vieja.

Debido a este pensamiento animista, enterraban a sus muertos con sus objetos personales, armas y alimentos.

Creían que cuando un miembro de la tribu moría, cabalgaba hacia el otro mundo sobre su yegua, por lo que esta debía ser sacrificada.

Los familiares cosían el quillango o manta de guanaco pintada, introduciendo en ella al difunto con sus objetos de plata y armas más preciadas. Luego lo enterraban en posición fetal, con el rostro mirando hacia el oriente y lo cubrían con pesadas piedras.

Los Aonikenk preferían sepultar a sus muertos alejados de la comunidad, en las cumbres de los tchengue o cerros.